Chava Flores y el México de ayer

Columna: Calibán

Por Gustavo Baltazar

Años treinta y con apenas una década de vida, Salvador, “Chava”, Flores Rivera escuchaba en la victrola de su padre a los más sonados de la época.

Enrique Caruso y Guty Cárdenas amenizaban sus mañanas en un barrio ubicuo (Chava dijo recordar mil domicilios en su infancia, acaso porque su padre no pagaba a tiempo la renta), y por las tardes asistía a la matiné para ver en pantalla a los clásicos del western y del cine mudo: Greta Garbo, Rodolfo Valentino y Tom Mix.

Los años de referencia para el maestro vernáculo de la ironía y compositor festivo fueron los más certeros de la tragicomedia mexicana, como le gustó decir a Agustín Yáñez.

Entrados los años cuarenta la vida cultural se consolidaba en las cúpulas del avilismo con Alfonso Reyes presidiendo el Colegio de México y Daniel Cosío Villegas en la dirección del Fondo de Cultura Económica. Mientras André Breton encontraba surrealismo en cada nopal mexicano y se consagraba la vida nocturna al ritmo del mambo y la rumba del cabaret, Chava Flores, desde la marginalidad de las antípodas, afinaba oído en las tertulias de vecindad.

Pero fue hasta la década de 1950 cuando escribió su primera canción, “Dos horas de balazos”. Sea por el triunfo de la democratización de la técnica y la industria, o del consumidor que hasta en tiempo libre se orienta de acuerdo al mercado, Chava evocaba al héroe siempre esperado dejando un único problema pendiente: “¿con quién se quedó la chica si eran cuatro pretendientes?”

Los años cincuenta se abrían paso popularizando la imagen trágica de la pobreza de “Los olvidados” de Buñuel de la mano de la primera transmisión televisiva en México con el cuarto informe presidencial de Miguel Alemán como programación estelar. Cerraba sus ojitos Cleto, pero nacía Cheto la noche del terremoto cuando el Ángel se cayó.

Luego vino el gobierno de mano dura para quedarse por tres décadas o más. El desarrollo industrial sin parangón en la historia se consolidaba con la forma presidencialista de gobierno, al tiempo que la creación artística de Chava Flores se volvía folklore conveniente en un momento en el que la radio y el cine dictaban los sentimientos patrios y se fortalecía la nacionalidad posrevolucionaria.

“Si he sabido mejor ni nazo”, escribía Chava en sus relatos parodiando a Cuco Sánchez ya en 1972, cuatro años después del trágico 68 y uno más de la masacre paramilitar del “halconazo”; ya había terminado el gobierno de Ernesto P. Uruchurtu, “el regente de hierro” del Distrito Federal, pero se quedaba la reforma urbanística del trazo vial y los cates en las cabezas de los estudiantes propinados por el cuerpo de granaderos. “No es justu, no es justu que le hagan nomás un bustu; su Tláloc a su gustu por Dios que se lo ganó”, ironizaba Chava sobre esta administración.

Una década de 1970 se extendía bajo la sombra de Luis Echeverría. El replanteamiento económico y el repudio al “desarrollo estabilizador” que antecedió a su gobierno se acompañaron de la mal llamada “apertura democrática”. Los impulsos de 68 fueron absorbidos y neutralizados, y la guerrilla radical, pues… también fue neutralizada. Cuando Lucio Cabañas era perseguido y cazado, el juglar chilango ya hasta le tenía corrido:

Primero vino el engaño.
Estaba Lucio en palique
cuando un escuincle algo extraño
le dijo: -Deja te explique:
dice Jacinto Cataño
que te habla afuera un cacique.

La tasa de empleo del sector público crecía (2.2 millones en 1976). La ciudad también crecía y crecía. Pero el tren del cambio, como el metro recién estrenado, no admitía guajolotes, ni tamarindos, zopilotes, ni huacales con elotes, ni costales con carbón.

Los años ochenta alcanzarían al compositor nacido a espaldas del poder (en la calle Soledad número 66, atrás de Palacio Nacional) en su edad de retiro en Morelia, Michoacán, dejándonos canciones, relatos y poemas que arrobaron por el espacio de los desmerecidos: la calle, la vecindad, los lavaderos, los tacos, la esquina, las canicas, la fiesta, el pulque, la vida, la muerte… el barrio.

Chava Flores falleció un 5 de agosto de 1987. Él, como la historia que sus letras recogen, se fue y, sin embargo, se aferra. Decía en una de sus últimas canciones: “Hoy mi México es bello como nunca lo fue, pero cuando era niño tenía mi México un no sé qué”.

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