La baguette y la guillotina

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Entropía

Columna: Octavio Huesca Heredia

Francia siempre ha sido un país excesivamente político. Son gente que expresa su descontento y sabe cómo hacerlo. La palabra revolución y sus consecuencias, la mucha sangre que ha sido derramada por ello. Lo leemos y lo sentimos tan lejano, que se siente extraño vivir en épocas en las que esto pueda surgir. ¿Podría esta nueva generación realmente lograr un cambio? Es curioso que surjan este tipo de protestas a exactamente 50 años del famoso “Mayo Francés del 68”, ¿cuáles serán las acciones del gobierno de Macron? Para gusto o disgusto de la gente la palabra revolución se define así: CAMBIO.

El arco del triunfo, con grafitis. Champs Elysees con carros incendiados, volteados y con poca visibilidad por tanto gas lacrimógeno lanzado. El Louvre sitiado, da la impresión de un campo de batalla con dos bandos a punto de enfrentarse; manifestaciones con miles de personas en las calles. Los gilest jaunes[1] se agrupan y en todo momento se apoyan. ¿Por qué chalecos amarillos? Se comenzaron a usar como forma de identificarse en las protestas porque esta es la prenda que debe usar todo automovilista en Francia en caso de tener algún percance en la carretera o camino para poder ser visible.

La razón principal del descontento: el alza de precios en los carburantes. Otras exigencias son: restablecimiento de impuestos a los más ricos, medidas para aumentar el poder adquisitivo; a los franceses no les alcanza el dinero para vivir. Y después de las manifestaciones en diversas localidades y de cómo el gobierno las ha “manejado”, los más radicales piden la dimisión del presidente francés Emmanuel Jean-Michel Frédéric Macron.

Después del anuncio sobre el alza, el pueblo francés contestó de manera abrupta, pero necesaria. Para hacerse escuchar, en una raquítica Europa que no sabe bien cómo enfrentar diversas problemáticas que siguen sin solucionarse desde hace ya tiempo. Siendo conocedores de lo que se puede lograr con la unión (como lo han hecho siempre) los franceses no tardaron en juntarse en manifestaciones multitudinarias y algunas acciones que algunos llamarían extremas: llenar de excremento zonas de gobierno, voltear carros, abrir con sierras cajeros automáticos, tapar entradas de gobierno con ladrillo y cemento, y claro no pudieron faltar los enfrentamientos directos con la policía en la que esta tuvo muchas veces que retirarse por la capacidad de organización de los manifestantes que de manera intimidatoria mostraban su resolución al pasear una guillotina envuelta en lienzos amarillos, remembranza de la Revolución Francesa.

Uno de los puntos más fuertes del movimiento, del cual hay que tomar nota: no hay cabecillas visibles, es un consenso por el cual la gente es guiada. Hay en sus filas desde extrema izquierda anarquista hasta extrema derecha nacionalista y muchos de los moderados están igual de disgustados con el actuar del gobierno. Incluso hubo zonas en las que los policías y los bomberos se decantaron a favor de las protestas, se negaban a reprimir.

Surgieron comentarios de que nunca en Francia se había vivido una época de incertidumbre como esta, para ellos la recomendación es desempolvar sus libros de historia para recordar como los hechos e ideas que han surgido en este país han logrado llegar a otros en países en Europa y el mundo. La fórmula incluso en pleno siglo XXI, parece repetirse.

Ante estos hechos el gobierno francés en un comunicado y declarando “estado de emergencia económico y social” realizó algunas concesiones como: incluir un alza de cien euros mensuales al salario mínimo; a los jubilados que ganen más de  2.000 euros mensuales se les anulará la subida de la contribución social generalizada o GSC (impuesto proporcional sobre los ingresos profesionales o de capital que financia la Seguridad Social); la exención de impuestos y de aportes para las horas extra; y la petición a las empresas de un bono voluntario de fin de año.

Hasta esta semana, las protestas seguían pero hubo una baja en la participación de las marchas. En parte, por las medidas adoptadas, el desgaste que han tenido y la ausencia de participación de diversos grupos que no están de acuerdo con la escalada de violencia desatada contra la policía y gobierno en general.

Por su parte, el presidente Emmanuel Macron, declaró el 11 de diciembre: “Asumo mi parte en esta situación. Quizás les he transmitido la sensación de que tengo otras preocupaciones y prioridades”.

Sin embargo, las manifestaciones no han cesado. La gente sigue inconforme. Las protestas en defensa de lo que puede parecer justo o un trato igualitario parecen contagiosas. En Egipto se prohibió la venta de chalecos amarillos para que los inconformes no pudieran manifestar su descontento con el gobierno. En Bélgica los chalecos verdes son un hecho y ha habido diversos enfrentamientos con la policía. En Holanda el movimiento no logró consolidarse, por ahora. Al cierre de esta edición se pudo confirmar la existencia de gilest jaunes en Hungría, la protesta tiene lugar contra la reforma laboral aprobada, llamada también “ley de la esclavitud”, y que según parece atenta contra los derechos de los trabajadores (quienes lideran las protestas).

Hasta antier todo había ido de manera pacífica (18 de diciembre de 2018), pero ayer (19 de diciembre) los manifestantes intentaron irrumpir en la televisión estatal a altas horas de la noche, la policía lanzó gas lacrimógeno y chorros de agua contra los manifestantes.

No solo en Europa se sienten estos vientos de incertidumbre, el mundo está a la expectativa. Nuestra generación se encuentra ansiosa de probar qué quiere y qué puede.

Mi pregunta para el lector es:

¿Para cuándo unos giles jaunes en México? Cuenten conmigo.

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[1] Chalecos amarillos

[2] Libertad, Igualdad, Fraternidad

 

 


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