Prohibido no escribir

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Por Octavio Huesca

Miras y vuelves a mirar la vacía hoja frente a ti, puedes escucharla riendo. Aceptaron reunirse contigo pero en lo profundo sabes que eres defectuoso, temes que te miren y se den cuenta, piensas en varias definiciones, como un diccionario: no apto, mediocre, inseguro, falto de luz, no rescatable, desechable, miras alrededor, todos se ven tan preparados, tan profesionales, tragas saliva: reemplazable. En la sala de juntas no sabías ni que decir, ni por donde comenzar, todos te miraban o al menos así lo sentías porque no saben ni quien eres; caminaste por el largo y te pareció interminable escritorio, uno de los convocados tenía ahí junto a él, “Las Flores del Mal” de Baudelaire; piensas en escritores malditos, en excesos (en todos ellos) y en prostitutas, no olvides las prostitutas, cuando varias voces al unísono dijeron:

– Anda. Lee en voz alta alguno de tus escritos – te congelaste, las piernas débiles, como de barro, temblando, muy bien cursos de oratoria, aquí vamos pensaste. Aclaraste tu garganta y comenzaste.

Sin pluma y papel sientes que no puedes respirar, odias que la gente mire lo que escribes o escuche lo que dices, que digan:

– ¿Escribes en cursiva? ¿Quién te enseño? . . . ¿Qué dice ahí?

Traes en tu maleta siempre un libro contigo para avanzar, para inspirarte, o dos por si terminas alguno en tu largo trayecto, eso si no te quedas ciego de tanto movimiento en el metro o cuando vas ensimismado perdido en la lectura y el Sol da de lleno sobre las hojas blancas, lagrimeas y te enojas; sauna rodante que atraviesa la gris ciudad, impresionante construcción y planeación rebasada por la altísima población, bebés con padres ausentes te buscan la mirada, te dicen adiós con la mano y sonríen, tus orejas se derriten y puedes ignorarlo todo, olores, vendedores y empujones incluso hasta una nuclear hecatombe, todo menos tus horridos pensamientos acosadores.

¿Tienes algún pensamiento que no sale nunca de tu mente? Me refiero a NUNCA, NUNCA, NUNCA, NUNCA, NUNCA, NUNCA, algo que desde pequeño traes grabado con fuego en el cerebro y no puedes de ahí sacar, pero tampoco te animas a confesar, a nadie, ni a tus más cercanos amigos, mucho menos a tus familiares, porque sabes que te juzgarían, desde la sombra cuchichearían, te evitarían, se burlarían, te mirarían con miedo e incluso algunos con asco.

(Piénsalo. Escríbelo y mándamelo, con gusto lo leeré, te mandaré el mío y después por lealtad a ti, lo quemaré.)

Arribando a casa, sin comer, el estómago devorándose a sí mismo. Mano necia, inmóvil, no recuerdas si eres diestro o ambidextro, raro. Estancado y sin inspiración, te arrancas el pelo, te hormiguea la piel, te muerdes los cachetes por dentro, te arrancas la piel de los labios como cuando estás muy nervioso y no sabes que hacer, los haces sangrar, sabes a metal, te desnudas para de las invisibles pero pesadísimas cadenas liberarte, te miras en el espejo de cuerpo completo, piernas demasiado flacas, gracias por la herencia Abuelo. Te miras, te excitas, te tocas, lo piensas nuevamente y rememoras tu falso religioso celibato, recuerda, buscas una santísima ascensión permanente. Es mi vanidad cegándome nuevamente.

Recuerdas las veces que te  has caído de borracho o de sueño, despiertas y no encuentras más que incomprensibles garabatos, o frases estúpidas sin ningún fundamento.

– Tranquilo – te dices en voz baja, intentando controlar tu alterada respiración, es normal, pero sientes que la cabeza te quiere explotar. La inspiración suele huir de ti cuando la llamas, cuando tu santa voluntad le quieres imponer, te evade, te deja a tu suerte y se burla en la esquina superior izquierda del cuarto en el que en este momento te encuentras. Llega cuando menos se le busca, cuando un gato negro con su extraño maullido te sorprende pero al mismo tiempo te enamora, cuando te tomas unos minutos para admirar un atardecer tan rosado que te dan unas incontrolables  ganas de llorar, cuando das un beso tan delicioso y lento, tus labios empalman perfecto con los otros y no quieres que nunca termine ese sentimiento, sientes ganas de morir de amor ahí mismo, te dan ganas de gritar, estés en donde estés:

– ¡Pluma! ¡Papel!

Y escribir sin parar . . . Después, conforme te sientas y le das la espalda al Mundo, y comienzas a crear el tuyo, te acomodas para escribir, escribes la primera letra y llegan a ti como imparable avalancha las preguntas de siempre, la mayoría con sorna:

– ¿De eso vas a vivir?

– ¿Cuánto te pagan por eso?

– ¿Quién te viera?

– ¿Y eso, en qué ayuda?

– ¡Uy! ¿A poco sí? ¿Tú?

En estatua convertido pero sin Medusa a la vista sientes que en insultos ausentes de luz te ahogas pero no puedes vomitar, les comentas a tus familiares:

– ¡Oigan, me aceptaron, me publicaron en una maravillosa revista, puedo expresarme libremente! Quizá me anime a escribir un libro.

– Te van a acusar de plagio – responden secamente.

Traducción: Eres un imbécil, sin la creatividad necesaria para escribir algo original.

Leo y releo esto, tal vez tengan razón.


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Un comentario sobre “Prohibido no escribir

  • el 15 diciembre, 2018 a las 2:24 PM
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    Tan acertado, tan real, que solo quiero llorar de frustración, gracias.

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