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Pink Floyd Sinfónico: Una Experiencia Multisensorial Entre Lasers y el Lado Oscuro de la Luna

Información: Ana Beatriz H. Guerrero y Armando López Muñoz

Foto: Ana Beatriz H. Guerrero

La experiencia extrasensorial de la sinfónica con el rock progresivo de Pink Floyd construyó algo más que un concierto: un homenaje vivo a la esencia de sus shows. El Auditorio Nacional fue testigo de un oleaje de colores, láseres y emociones latentes entre los asistentes, que se volvieron parte de una mezcolanza de sensaciones detonadas por la pasión de los intérpretes de Pulse of the Moon.

La batuta del director marcó el inicio del encuentro. Público y orquesta, frente a frente, estaban listos. La euforia comenzó a tomar forma al ritmo de la batería, que abrió paso a los primeros acordes. “Welcome, my son… it’s alright, we told you what to dream”. La línea de “Welcome to the Machine” irrumpió como una declaración: una de las piezas más oscuras de la banda y una crítica frontal a la deshumanización de la industria musical.

Pink Floyd Sinfónico: Una experiencia multisensorial

Los sintetizadores, el teclado y la producción audiovisual —seis pantallas triangulares— reforzaron esa sensación de extrañeza. El rechazo que plantea la canción no solo se escuchó, se sintió. La propuesta escénica amplificó el discurso hasta llevarlo más allá de lo sonoro, directo a la identidad de la banda británica.

El ambiente cambió con “Breathe (In the Air)”. La atmósfera se volvió envolvente, casi etérea; la delicadeza de la guitarra, acompañada por la orquesta, suavizó el espacio. La letra fluyó entre los asistentes como una invitación a soltar el peso cotidiano: “Run, rabbit, run”. Por momentos, la futilidad de la vida moderna laboral y el desgaste quedaron suspendidos, reemplazados por una ligereza compartida.

Pero fue con “Time” donde el concierto alcanzó uno de sus puntos más intensos. El sonido de relojes y campanas invadió el recinto, seguido por una batería densa que marcó el pulso. Después, el silencio justo. El teclado y los violines tomaron el relevo, elevando la tensión hasta soltar: “Thinking away the moments that make up a dull day”. La canción recordó, sin rodeos, el paso inevitable del tiempo y el miedo a llegar tarde a la propia vida: “Every year is getting shorter, never seem to find the time”.

Pulse Of The Moon da un cierre emblemático

La noche cerró con “Wish You Were Here”, uno de los temas más emblemáticos de Pink Floyd. Una canción que carga con el desgaste de la fama y la ausencia de Syd Barrett, cuya historia sigue resonando en cada interpretación.

Con el acorde en sol, el recinto se llenó de melancolía. “We’re just two lost souls swimming in a fish bowl”. Las luces rojizas, mezcladas con tonos blancos y azules, iluminaron los rostros del público, que permanecía en silencio, absorbido por el momento. El solo final, al estilo de David Gilmour, descendió en intensidad hasta apagarse.

No hubo estridencia en el cierre, solo una certeza: la experiencia había trascendido lo musical. Fue una reconstrucción emocional del universo de Pink Floyd, donde Pulse of the Moon dejó claro que su propuesta no es imitar, sino revivir.

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