
Durante meses, el discurso oficial repitió con insistencia una cifra ambiciosa: la llegada de 5 millones de visitantes a México con motivo de la justa mundialista. Sin embargo, una vez concluido el torneo futbolístico, los datos duros revelan un panorama muy alejado de las proyecciones gubernamentales sobre el turismo en el Mundial. Un análisis detallado de la industria demuestra que, si bien el certamen consolidó una buena imagen internacional en términos de hospitalidad, los resultados económicos y de ocupación hotelera quedaron a deber.
A partir de las evaluaciones presentadas por la firma independiente Deloitte —organismo sin intereses políticos en la materia—, la cifra real de turistas adicionales se situó cerca de 500,000 personas, es decir, apenas el 10% de lo prometido. Este medio millón de viajeros se conformó por 198,000 extranjeros y 296,000 turistas nacionales.
Turismo en el Mundial: Los contrastes en la ocupación hotelera y la derrama económica
El comportamiento de la infraestructura hotelera en las tres ciudades sede de los 13 partidos asignados al país mostró comportamientos sumamente dispares y, en algunos casos, preocupantes:
- Ciudad de México: Registró una ocupación 56% menor en comparación con el mismo periodo del año anterior, un dato alarmante para una temporada que se preveía saturada.
- Guadalajara: También experimentó una tendencia a la baja en el hospedaje respecto a su histórico anual.
- Monterrey: Fue la única sede que arrojó saldos positivos, alcanzando un incremento del 64% en su ocupación en comparación con el año pasado.
En el rubro financiero, Deloitte estima que la derrama económica total rondó los 2,500 millones de dólares. Para poner el dato en perspectiva dentro del contexto macroeconómico del país, este ingreso global equivale apenas a medio mes de las remesas que los connacionales envían de forma habitual a México cada año, lo que cuestiona la etiqueta de «éxito turístico» con la que se pretendió calificar al evento.
Las causas del freno turístico: Precios altos y falta de visión
La baja afluencia del turismo en el mundial, en comparación con las metas iniciales no fue casualidad. Diversos factores de mercado y de percepción pública ahuyentaron tanto a los aficionados al fútbol como a los viajeros tradicionales. En primer lugar, los elevados costos de las entradas a los estadios y la especulación desmedida en las tarifas de los hoteles provocaron que el destino se percibiera como inaccesible. De hecho, se detectó que el turismo convencional optó por cancelar o posponer sus visitas al país ante el temor de encontrar un entorno encarecido por la coyuntura del torneo.
A esto se sumaron problemáticas crónicas que restan competitividad a los destinos nacionales, tales como los retos de seguridad pública y las afectaciones climáticas y ambientales específicas, como la crisis del sargazo en la región de playas.
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La ausencia de políticas públicas y la lección frente a competidores
El balance final deja una llamada de atención para los encargados del desarrollo sectorial. Especialistas en la materia recuerdan que la designación de México como coorganizador de la Copa del Mundo se conocía desde 2018, lo que otorgaba un margen de ocho años para planificar una estrategia comercial conjunta entre el gobierno y la iniciativa privada.
La baja efectividad del certamen como imán de masas responde a la persistencia de una premisa centralizada y errónea: la idea de que México es un producto tan atractivo por sí mismo que no requiere inversión en difusión masiva. Al carecer de campañas de posicionamiento integrales que promovieran destinos coloniales o de playa no sedes (como Cancún, San Miguel de Allende o Guanajuato) aprovechando la ventana del Mundial, se desperdició el potencial de la marca país.
Mientras México confió su suerte a la inercia de su reputación cultural, competidores geográficos directos y de menor extensión, como la República Dominicana, mantienen agresivos esquemas de promoción e incentivos a la inversión extranjera, logrando captar flujos de viajeros que originalmente miraban hacia los destinos mexicanos.
El torneo fue una gran fiesta deportiva y organizativa donde la cultura local destacó por su amabilidad y facilidades de acceso, pero el balance comercial demuestra que ni siquiera el evento más grande del balompié puede sustituir la ausencia de políticas públicas sólidas en materia de seguridad y promoción internacional.